Chapter One

LOST TIME

The howling Patagonian wind calmed to a whisper. The afternoon sun beat down and I blinked hard against
 a haze of exhaustion, the kind of blink where a black screen seems to linger behind your eyelids and you wonder how much time you lost.

I stared past thousands of feet of golden granite disappearing beneath me. A vertical mile below flowed the Torre Glacier, bending, cracked, cracking — growing and shrinking with the years. At its terminus, only
 a short way down valley, it calves into Laguna Torre and flows into rivers feeding forests and rolling pampas.

Scattered estancias dot a landscape where not long ago pumas and wild horses roamed. A giant condor soared overhead, riding the thermals. Sheep grazed on the barren grasslands that extend eastward to the Atlantic Ocean.

Cordes - P1010043 LRA hundred feet above, enormous structures of overhanging, aerated ice, vestiges of Patagonia’s brutal storms, held guard over Cerro Torre’s summit. They loomed like multi-ton sculptures pulled from a land of fairy tales, like whipped cream frozen in place, jutting wildly outward in gravity-defying, wind-forged blobs. On the opposite side of the mountain Cerro Torre faces the Hielo Continental, an Antarctic-like world comprising massive sheets of flat glacial ice that spill into the Pacific Ocean.

Just before sunrise, thirty-some hours earlier, we had started climbing. We raced up ephemeral ice beneath a sérac, then weaved through gargoyles of rime. We fell short of the summit as the sun set and the wind roared, and we shivered away the night in a snow cave in the starlit blackness of Cerro Torre’s upper crest. Come morning we struggled over the summit, and then started down the other side. Both of us carried only ten-pound backpacks, but we also carried fantasies, a dose of self-delusion, and a shred of hope. Without those, we’d have never left the ground.

I blinked again, and my gaze returned across the landscape, from the distant pampas to the beech forests surrounding Laguna Torre, to the golden granite falling away beneath my feet. And then to the rusting engine block on which I stood. The only stance on Cerro Torre’s headwall. A 150-pound, gas-powered air compressor, a goddamned jackhammer lashed to the flanks of the most beautiful mountain on earth. Above and below ran an endless string of climbing bolts — ancient two-inch pegs of metal drilled into the rock and spaced to be used like ladders — courtesy of the compressor and a man possessed, that for four decades allowed passage up this impossible tower.

The wind remained at a whisper. Exhaustion pulsed through my bones and I stared into a clear, cobalt sky, and knew that we’d been lucky. Calm around Cerro Torre never lasts.

2 thoughts on “Chapter One

  1. Hola Kelly, leí tu libro (The Tower) hace poco y quedé encantado. Es un trabajo tremendo de investigación, me tuvo atrapado de principio a fin.
    Cuando empecé con la escalada en roca allá por el año 1996 una de las primeras historias que conocí fue la de Maestri y el cerro Torre. En aquel entonces, sin internet (para la mayoría de los Argentinos) las historias de alpinismo se conocían por otros escaladores o por revistas, la información era escaza y cuando supe de esa historia poco se hablaba de la veracidad del ascenso de Maestri, sino de la historia en sí, de un Italiano, que en la década del 50, cruza medio planeta más de una vez y con un compresor con el fin de subir un cerro. La historia tenía todos los elementos como para que cualquier adolescente que da sus primeros pasos en la escalada, al menos se sienta atraído por esos relatos.
    Los años, el acceso a la información y demás, hicieron que muchos de los que crecimos con esa historia sin pensar si la cumbre había sido conseguida diéramos casi por sentado de que era muy improbable de que Maestri hubiera llegado a la misma.
    Tu libro fue exponer milimétricamente y con evidencia todo lo que muchos ya sabíamos.
    Pero a pesar de todo eso, estoy muy en desacuerdo en cómo se trató en tu libro el tema de los buriles que retiró la cordada de (Hayden Kennedy-Jason Kruk), por supuesto que también estoy en desacuerdo con lo que ellos hicieron.
    Soy un escalador amateur, con pobres habilidades, mis años de escalada han transcurrido de manera recreativa, lejos de tener un nivel que me permita acercarme a objetivos en El Chaltén, inclusive de los considerados “sencillos”. No creo nunca llegar al nivel que me permita acceder a lugares como por los cuales transcurría “la vía del compresor” pero no considero que para tener una opinión sobre ese tema haya que ser un escalador de elite. En tu libro por momentos se deja claro que las voces que no sean de la elite alpinística no tienen valor sobre una ruta en pleno cerro Torre. Y creo que en ese punto estás equivocado. Imagínate que voy a escalar a Yosemite y decido modificar anclajes, reuniones o cualquier agregado artificial a alguna vía clásica de la zona? imagínate además si lo hago siendo Argentino.
    Creo que retirar los buriles de esa vía fue un acto destructivo, impulsivo, prepotente y además en una tierra ajena. Tener el nivel técnico de acceder a ciertos lugares no da derechos por sobre los habitantes de esa tierra. Te sonará gracioso, ni siquiera conozco El Chaltén personalmente, como no conozco muchos rincones de mi país, pero es mi país, mi tierra y como cada lugar tiene historias en cada sendero, vía de escalada o pueblo. Al menos, quienes vienen de otros países deberían respetar eso. Seguramente podrás objetarme: “lo que hizo Maestri fue peor, al prepotentemente perforar cientos de agujeros en el granito del Torre” y estoy totalmente de acuerdo, pero su atrocidad pasó a ser parte de la montaña, fruto de los años, las historias y los escaladores que pasaron por esa vía. Además de que cuando Maestri hizo lo que hizo, el contexto era totalmente diferente, plena época de “conquista”, donde los Himalayas eran asediados y poco se hablaba de la ética de como subir una montaña. Pasaron décadas para que Messner y tantos otros dejaran en claro cuál era el futuro de un montañismo limpio, pero ese concepto, en los años 50 casi no exisitía. Como crees que sería tratado si fuera a Europa y limpiara muchas de las vías ferratas que se instalaron en el siglo XX con fines bélicos? Muchas de ellas transcurren en lugares hermosos, que pueden ser escaladas fácilmente en libre…pero eso da el derecho de barrer con algo que va más allá del poder transitarlo o no sin ese recurso?
    Si ese agregado artificial en cierta ruta impide o dificulta su escalada en libre o la evolución del deporte por cordadas modernas que no pueden evitarlo, entonces es hasta más entendible. Pero no es el caso de la vía del compresor. Quien decide subir al Everest sin oxigeno embotellado no exige ni obliga al resto a retirar todas las botellas de la montaña. Decide no usarlo y punto.
    Por eso insisto que lo que hicieron estas 2 personas nada tiene que ver con algo consensuado, pensado, debatido. Nada tiene que ver con mirar el futuro del deporte y definir cuál es el camino, me sería más creíble si estas 2 personas recorrieran el mundo generando el debate sobre la limpieza de rutas clásicas o emblemáticas que hoy pueden ser escaladas en libre o inclusive en artificial pero sin utilizar seguros fijos.
    Recalco lo que dije en un principio, creo que se trató más de 2 irrespetuosos en busca de notoriedad o vaya a saber que….

  2. Hola Alvaro,

    Thank you for the kind words about my book, it was a ridiculous amount of work! I hope the translation was good, though I wouldn’t know; unfortunately I can only read and write in English. But I enjoyed reading (through Google Translate) about your memories of the stories you heard when first learning to climb. Those times were so captivating, I know – I think of my own such experiences, and the mark they left on me.

    Regarding the removal of the Compressor Route, indeed we have different opinions, but I also understand and respect your viewpoints – many people have expressed similar thoughts. It is certainly an interesting issue, with endless points and counterpoints. I addressed many of these in the book, as you know; as we also know, there is no perfect answer. The arguments could (and probably will) go on forever. I agree with you that climbing expertise should not matter for the validity of one’s opinion. What should matter is the degree to which a person is informed. Here, however, I think you forget the fact that nobody needs the approval of others to act as they wish on Cerro Torre or any of the mountains there. Climbers from dozens of countries have gone there and done exactly as they wanted, without getting approval from you, me, the baker in El Chalten, the schoolteacher, Maestri or Salvaterra or Karo or anybody else. The climbers on the mountain do not need our permission. People sometimes forget this crucial point: Climbing is not a democracy – for better and for worse. It sounds harsh, but it is simply the truth (democracy works for governments, but it does not exist in most aspects of our lives).

    Philosophically, I think we could agree that Cerro Torre was perfect as nature created it. People have come and made changes to it – some small, some big – and those people have come from all different countries. Their passports do not matter. Not one of them had to ask anybody for permission first.

    Maybe in the future all of this will change, and people will need to ask you or me or the baker before they install or remove anchors. I don’t know. I hope not. Sometimes we do not like what the climbers do, but that is the price we pay for our self-regulating system.

    On the whole, I find it amazing that climbing, as a primarily self-regulating global endeavor, works as well as it does. Issues like the Compressor Route – both the installation (which, as I explain in the book, bears no relation or intent to the via ferratas that were installed in Europe) and its removal – are quite rare. When they do occur, it certainly makes for interesting debates.

    All the best to you, and thank you again for the good words.

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